Comenzamos a vislumbrar el mar cuando quedaban veinte minutos para llegar a destino. J tenía los ojos brillantes y la sonrisa le ocupaba casi todo el rostro. Estaba segura que en ese momento su imagen era un reflejo de la mía. Incrédula, alucinada, rebosante de felicidad.

Cogimos la calle de tierra roja que, según Google Maps, nos conducía hasta el estacionamiento. La furgoneta se tambaleaba de un lado al otro danzando entre los hoyos de un camino ya transitado. Al mismo ritmo latía mi corazón desbocado, ansioso por llegar al primer destino de un viaje soñado.

«Este es el verdadero "viajando entendí que no había entendido nada"—pensé para mis adentros— ¿Cómo se explica tanta belleza?».

Coches familiares, furgonetas camperizadas y autocaravanas ocupaban las plazas del estacionamiento que los surfistas habían declarado como tal tiempo atrás. Tres chicas totalmente desnudas se bañaban con palanganas y botellas de agua. Su vulnerabilidad me liberó de mis temores y me hizo sentir cómoda. Entendí en ese instante que en ese mundo no existe sitio para el que ocupa un papel de juez, de escéptico o de irrespetuoso. La propia energía del ambiente expulsa a todo aquel que no comulgue con las vibras del lugar.

Aparcamos mirando hacia el mar y bajamos a estudiar la zona. La arena que recibía nuestras primeras huellas en Portugal era tricolor; blanca, naranja y roja. El frío viento soplaba en todas direcciones poniéndome la piel de gallina. El océano frente a nosotros se mostraba sin fronteras. Inmenso e infinito nos invitaba a perdernos en el tiempo admirando su profundidad.

Parados a cada lado de la furgoneta nos buscamos con la mirada y dije:

—Menos mal que renuncié.

Bss, Maggie