Le dije que quería ser escritora, que lo mío estaba entre las letras. Tenía el cuerpo tensado cuando se lo dije, era a una de las primeras y de las pocas personas a las que se lo había contado. Todavía me sentía ridícula al decirlo en voz alta pero lo dije sin más, procurando no pensarlo dos veces. Uno no debe sentir vergüenza por lo que late su corazón y el mío bombea historias.

Ella, en cambio, me escupió que la vida del escritor era vida de perro, que no me convenía. Lo dijo como si nada, un poco resentida y con la frente en alto, como si estuviéramos hablando del clima. Su poco tacto, su ignorancia y su idiotez me hicieron sonreír. Debo admitir que le respondí desafiante, con más seguridad que en la primera frase. Le dije que eso no era verdad y que de serlo no me importaba pues no hay vida más vacía que la del que no arriesga por sus sueños. A tanta firmeza se quedó muda.

Para mis adentros pensé que mi vida jamás podría ser «vida de perro». Porque aquella la tienen los que no intentan, los que no luchan, los que no aman, los que no tienen pasión, los quedados, los temerosos, los conformistas. Y yo que llegue al mundo luchando… Yo, jamás voy a tener vida de perro.

Orgullosa de la vida que día a día voy fabricando, me limite a sonreír de oreja a oreja toda la tarde. Llegue a mi casa por la noche, cogí un bolígrafo y lo deje bailar. Porque, querida, mi hambre de vida es más grande que la envidia de cualquiera que me quiera frenar.

Bss, Maggie